Tres obreros taladran una de las ostentosas columnas de la antigua discoteca Paladium. Mientras, un grupo de jóvenes decide sacarse un «selfie» frente a su puerta. «Se va parte de nuestra infancia», confiesan, aún con el teléfono móvil en la mano. La sala de Coslada, emblema de la fiesta madrileña a finales de los años 90 y principios del 2000, será derribada en los próximos meses tras nueve años en estado de abandono. «Las obras irán para largo», señala uno de los operarios, consciente del «nudo» de recuerdos que su presencia despierta estos días. Los rumores sobre qué se levantará una vez desaparezca el «mastodonte» se han disparado: «He oído que en la planta baja abrirán un supermercado y encima construirán pisos», apuntan la mayoría de los residentes.

Los restos de basura y cristales rotos acumulados en los bajos contrastan con el vivo color granate que todavía conserva su inconfundible fachada. «Es una pena en lo que se ha convertido; en el fondo, lo mejor es que la tiren», subraya Rocío, quien, a sus 31 años, mantiene frescas las inolvidables «tardes» y «noches» de juerga junto a sus amigos: «Venía gente de todas partes. Daba igual que fuera el «X-Kándalo» (sesión vespertina) o el «Splass» (nocturna), estaba siempre hasta los topes», señala, sin tener del todo claro el por qué de su caída: «Supongo que a la siguiente generación no le gustaría este tipo de fiestas, con tanta gente y, sobre todo, mucho desfase».

Paladium, junto a Bachata (en Torrejón) o la recién desaparecida Attica (a la altura del kilómetro 15 de la A-2), formó parte de un conjunto de emblemáticos locales que elevó al Corredor del Henares a los altares de la escena «discotequera».

En mayo de 2009, sus dueños celebraron una última fiesta antes de cerrar para siempre las puertas. «En esa época ya llevaba un par de años de capa caída», relata Miriam, otra asidua que aguantó, prácticamente, hasta el final de sus días. «La última vez que fui se llamaba de otra forma y solo se podía estar en una planta. El ambiente era bastante turbio y decidí no volver», añade. En un cartel, medio destartalado, todavía se puede leer el nombre de La Romanesca, su última denominación. Poco antes de su adiós definitivo, los propietarios de Paladium dejaron de operar el espacio y empezaron a alquilar las salas a particulares. Fue el principio del fin.

Agonía y majestuosidad

Ahora, nueve años después, el inmueble mantiene la majestuosidad de antaño. Sus enormes columnas -añadidas al esqueleto original- o los rótulos de piedra -con las letras de Paladium aún visibles- son algunos de los detalles que resaltan al paso por el número 2 de la calle de Jesús de San Antonio. Pese a sus desperfectos, la apariencia por fuera es más que loable. Diferente es la «devastación» de su interior. «Me colé hace un tiempo: las paredes estaban agujereadas y la última planta, prácticamente, había desaparecido», desvela una vecina.

La «agonía» de Paladium bien pudo ser diferente de no haber sufrido el azote de la crisis. Meses antes de su clausura, el Ayuntamiento de Coslada aprobó el cambio de uso comercial y de ocio a residencial para levantar un bloque de viviendas de seis plantas, dentro de un plan especial de mejora urbana del barrio de los Ríos. Pero el proyecto se vino abajo. Desde entonces, los residentes de las casas aledañas han venido denunciando el peligro que supone el edificio. Lejos de su esplendor, la entrada de la piqueta enterrará, casi una década después, el icono nocturno de Coslada.

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